Los “Gigantes de Bellver” VII: “Ventura Rodríguez”
14/06/2008
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Para encontrar otro gigante de Bellver fuera de Zarzaquemada tenemos que irnos hasta el barrio más “chic” de Leganés: Valdepelayo (o “Valdepé”, esto dicho con voz nasal y pronunciación indolente; a lo pijo, vamos). Y allí, en la calle del Camino de Polvoranca, en una bonita rotonda que cuenta con una cuidada y florida rosaleda que alegra la vista a los que entran o salen de la ciudad por esta calle, carretera o camino, que todo lo parece y nada lo es, nos encontramos con la estatua que Fernando Bellver dedicó a Ventura Rodríguez.
La obra presenta idénticas cualidades que sus hermanas: la figura “geometrizada” del retratado que porta en sus manos elementos característicos de su profesión de arquitecto, y en este caso una reproducción de la construcción por la cual aparece representado en la serie; que no es otra que la Iglesia o Ermita (que ambas cosas ha sido) de San Nicasio. Ventura Rodríguez se yergue majestuoso sobre la reproducción a escala de la iglesia nicasiana, dejando claro la simbiosis de los dos elemento de la composición.
La iglesia de San Nicasio es una construcción neoclásica, en la cual destaca su elegancia estructural y su diseño sobrio y templado. Tiene planta de cruz griega que soporta una gran cúpula central que domina e ilumina todo el espacio interior del templo. En el exterior, cada uno de sus brazos se rematan con un frontón triangular, que en la portada se sujeta en pilastras adosadas a modo de atrio.
Pero volvamos al homenajeado. ¿Qué podemos decir de Ventura Rodríguez Tizón?
Pues, aparte de indicar que es uno de los arquitectos más importantes y prolíficos del siglo XVIII en España, se trata de un personaje muy interesante por su evolución vital. Nació en Ciempozuelos allá por el 1717, y pesar de que llegó incluso a ser arquitecto de la Corte (merced que perdió en favor de Sabatini, compañero suyo en este Club de la Fama de Leganés, como hemos visto) era un autodidacta de orígenes muy modestos, ya que su padre era un modesto albañil que trabajaba en las obras del Real Sitio de Aranjuez. El joven Ventura destacó muy pronto por su habilidad y maestría para el dibujo, lo que le permitió dejar la mampostería y la paleta por el cartabón y los carboncillos.
El arquitecto Filipo Juvara, proyectista del Palacio Real de Madrid, le acogió como delineante y en esta obra trabajó durante muchos años, aprendiendo el oficio de Juvara y de su sucesor Giovanni Battista Sacchetti. Su aprendizaje lo culminó cuando en 1747 fue nombrado académico de mérito de la prestigiosa Academia de San Lucas de Roma.
En esos años llevó a cabo una de sus obras de mayor trascendencia, la magnífica y conocida iglesia madrileña de San Marcos que diseñó en 1749 y se acabó cuatro años después. A partir de aquí su obra fue mucha y muy variada, así destacar la terminación de la Basílica del Pilar en Zaragoza, el “transparente” de la catedral de Cuenca, la remodelación definitiva del monasterio de la Encarnación en Madrid, el convento de los agustinos de Valladolid, la iglesia del monasterio de Santo Domingo de Silos, la fachada de la catedral de Pamplona, el palacio de Liria, el de los Altamira (en 1773-75, entonces marqueses de Leganés), como maestro mayor del ayuntamiento de Madrid diseñó y modificó el plano urbano de la ciudad, y destacó en numerosísimas obras civiles: la cárcel de Brihuega, la plaza mayor de Ávila, el ayuntamiento de la riojana ciudad de Haro, el sanatorio de Trillo o el Hospital General de Madrid,… y así podríamos seguir un buen rato.
La ermita de San Nicasio debió de ser proyectada por el arquitecto en los años que tuvo relación con los titulares del marquesado de Leganés cuando les construyó el espléndido palacio de la calle San Bernardo y Flor Alta de Madrid, que quedó inconcluso y que en su momento pretendía rivalizar nada más y nada menos que con el cercano Palacio Real. Por lo tanto, podemos fijar la fecha de construcción en los últimos años de su vida, entre 1775 y 1785, año en el que falleció en su estudio de Madrid. La ermita está inspirada en la iglesia de San Marcos de Madrid y es muy similar, casi idéntica, al sagrario que el arquitecto proyectó para la catedral de Jaén
Por último hay que señalar que todo esto está muy bien y tal, pero que Ventura Rodríguez debía ser recordado y casi elevado a los altares por un trabajo suyo apenas reconocido. Este hombre es el que diseñó… ¡la Cibeles!, si bien los escultores fueron Francisco Gutiérrez (la diosa y el carro), Roberto Michel (los leones) y Miguel Ximénez (adornos florales). Sólo por este motivo, y la identificación posterior entre su obra y el “Madrí” [¡qué luce orgulloso en su escudo el color republicano por antonomasia: el morado, y del que hay que retirar la corona ya!], merece estar en todas las estatutarias del mundo mundial, como diría Manolito.
Salud, República y ¡Hala Madrid!
© Pumuki 2008
Fotografía de José Luis Sampedro, propiedad del Ayto de Leganés, tomada del libro de Carlos José López de la Cruz, “Leganés. Agua, Tierra y Gentes”. Madrid, 2006. pág. 205.
Los “Gigantes de Bellver” V: “José de Churriguera”
20/04/2008
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En Zarzaquemada sur hay otras dos estatuas de la serie de Bellver. En la rotonda donde se cruzan las calles de La Lora con la de La Alcarria nos encontramos la que rinde homenaje a José Benito de Churriguera, uno de los más grandes escultores barrocos de nuestro país. Como ya hemos visto en el resto de estatuas de la serie, cada personaje está representado por algún artilugio que le caracteriza; en este caso, el escultor contemporáneo ha representado a su colega de antaño con las principales herramientas del escultor un martillo y un cincel, que al tratarse de un tallista se trata de un mazo y de un formón o gubia.
José Benito de Churriguera fue uno de los más prestigiosos arquitectos y escultores del barroco español. Su padre era ya arquitecto y tracista, lo fueron sus hermanos y lo serán sus hijos, todos se dedicaron con mayor o menor fortuna al oficio familiar; pero José Benito destacaría por su peculiar estilo en la decoración de los edificios barrocos que construyó y por la realización de numerosos retablos religiosos en madera con un estilo inconfundible.
A pesar de que sus orígenes familiares son catalanes, nuestro homenajeado nació en Madrid en 1665, donde moriría 60 años más tarde. Estudio en Salamanca, y en esta ciudad fue donde realizó sus primeras obras, entre las cuales hay que destacar una de las torres de la catedral y el retablo mayor del convento de San Esteban, del cual el nuestro es un aventajado émulo.
Una vez terminada su formación, volvió a Madrid donde instaló su taller en la calle del Oso. En Madrid son numerosísimas sus obras, entre las cuales, los que entienden, destacan el retablo de la iglesia de san Pedro el Viejo, la fachada de san Cateyano y el palacio de Goyeneche (hoy la sede de la Academia de san Fernando), entre otras muchas.
Pero su inclusión en el exclusivo club de la fama de Leganés, no se debe a su numerosa obra ni por haber dado nombre a todo un estilo artístico; se debe a que es el autor del retablo mayor de la iglesia de San Salvador.
El retablo fue un encargo de todo el pueblo de Leganés que se sufragó fundamentalmente con un impuesto especial sobre el vino y la carne que se comercializaba en la villa. Así, en 1701 se pudo contratar con el ya muy prestigioso creador la construcción del retablo por 55.000 reales de vellón; una cantidad muy considerable que aún hubo de aumentar en más de 12.000 reales, que en gran parte fueron pagados por Diego Felípez de Guzmán, a la sazón III marqués de Leganés y señor de la villa en esos años.
El retablo se terminó en 1704 y se trata de una gran talla barroca en la cual destacan las cuatro grandes columnas salomónicas que enmarcan el gran cuadro central que representa la transfiguración de Cristo y es obra de Francesco Leonardoni. Las columnas sustentas cuatro magníficas tallas que representan las cuatro virtudes teologales (fe, esperanza, caridad y fortaleza); y entre los intercolumnios hay otras cuatro tallas de los otros tantos evangelistas. En la cabecera del retablo es destacable la figura del Dios Padre que parece asomarse a un balcón y querer acoger en su seno a toda la composición. Entre medio, la figura del Espíritu Santo en forma de ave rodeado de ángeles musicales completa el misterio trinitario. Pero toda la decoración es profusa, desbordante, exuberante…, y con multitud de detalles de absoluto primor: racimos de frutas, guirnaldas y en especial cabezas de angelotes de una expresividad fuera de lo común.
Los contemporáneos así lo debieron sentir, pues a los pocos años le encargaron otros dos retablos para los testeros de las dos naves laterales de la iglesia. En conjunto se trata de una obra de gran valor artístico de la cual todos los leganenses nos debemos sentir tremendamente orgullosos.
Salud y República
© Pumuki 2008
Fotografías:
* Estatua de Bellver: propiedad del Ayto de Leganés, tomada de “Arte para todos”. Madrid, 2005. pág. 221.
* Retablo: propiedad del Ayto de Leganés, tomada de “Leganés. Una ciudad, una historia”. Madrid, 1994. pág. 60.
Rotondas de Leganés: "Juan de Leganés"
04/04/2008
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En Zarzaquemada norte queda aún otra estatua de la serie de los “Gigantes” que está ubicada en la rotonda en la que confluyen las calles de Monegros, Priorato y Pedroches. En este caso, Fernando Bellver ha querido homenajear con esta escultura a Juan de Leganés. Este personaje nació en el lugar en torno al año 1600 y su verdadero nombre era Juan Monje, si bien todos sus paisanos le conocían por el apodo de “Aticón”. Fue muy famoso y renombrado en el siglo XVII ya que poseía la inusitada habilidad de resolver mentalmente complicados cálculos aritméticos a una velocidad endiablada.
Pero antes de comentaros brevemente los datos biográficos de este personaje, conviene glosar la escultura. En este caso, y como no podía ser de otra forma, el autor ha mantenido los rasgos compositivos esenciales del resto de las esculturas de la serie; así se trata de una gran columnata cilíndrica en la cual se apoya, a modo de pilar férreo, un torso donde se vislumbra una figura humana marcada por profundos y acusados elementos geométricos que dan forma antropomorfa al conjunto. Como hemos visto, en todas las esculturas de la serie, el autor ha introducido un elemento característico con el cual pretende recoger la esencia del personaje, en este caso a Juan de Leganés le ha representado con un libro o pliego de papel que la figura sujeta con su mano derecha; lo que no deja de ser curioso, ya que uno de los pocos rasgos que se conocen de este personaje, precisamente es su analfabetismo.
A este respecto me vienen a la memoria haber leído en algún lugar que ahora no recuerdo, que Juan de Leganés era un prestigioso matemático de la época, confundiendo, sin duda, su destreza fuera de lo común para el cálculo mental, con el conocimiento de una de las ciencias más complejas del saber humano. Quizás le pasó algo parecido a nuestro escultor; sin duda, bien intencionado, pero posiblemente mal informado.
Juan Monje era hortelano hijo de hortelano y nieto de hortelano, y como tal acudía todos los días a vender sus productos al madrileño mercado de la plaza de La Cebada; allí era muy conocida su rara habilidad, y a él acudían los tratantes, los arrieros, las verduleras, los volatineros y demás gentes que atestaban la lonja con problemas de cálculo cada vez más complicados que el joven leganense resolvía en un santiamén. Su fama fue aumentando cada vez más, y con el tiempo se convirtió en un foco de atracción al que acudían todos los que visitaban la Corte a comprobar en persona las maravillas que les contaban sus amigos y conocidos; de esta forma el ruidoso y bullicioso mercado se convirtió en una visita casi obligada.
Tanto fue el ruido que se armó que llegó el rumor a Pedro de Arguello, médico en la Corte de Felipe IV, que quiso comprobarlo con sus propios oídos. De esta forma acudió una mañana al mercado y después de constatar la certeza de tan rara habilidad, le dijo que si podría repetirlo ante el rey, a lo que nuestro atrevido paisano dijo que sin dudarlo. Y para el alcázar madrileño se fue.
No pareciendo apropiado el apellido paterno, [parece ser que tenía reminiscencias judeo-conversas] buscaron otro más a propósito para presentarlo ante el rey; y al igual que don Quijote en la novela cervantina escogió como sobrenombre el de su patria, hicieron lo mismo con "Aticón"; así uno fue don Quijote de La Mancha y el otro fue Juan de Leganés. Tanto fue el éxito y tanto gustó al joven y cuarto Felipe, que le ordenó que se quedara en palacio como uno más de la cohorte de raros y estrafalarios personajes que atestaban la residencia del monarca español, y de los cuales, Velázquez nos ha dejado buena muestra con sus retratos.
La fama y popularidad de este hombre fue tan grande en sus años de vida que Quevedo y Lope llegan a citarle en varias de sus obras, en particular es muy conocida la cita que hace Quevedo en "El Buscón", donde dice: «Los rufianes hicieron la cuenta, y vino a montar de cena sólo treinta reales, que no entendiera Juan de Leganés la suma»
Salud y República
© Pumuki 2008
Rotondas de Leganés: "Francisco Sabatini"
15/03/2008
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Siguiendo la miniserie de los “Gigantes” de Bellver nos encontramos con otra gran estatua de la colección emplazada en la rotonda en la que confluyen la calle de Monegros y la calle del Vallés, en la zona norte de Zarzaquemada. La estatua está erigida en honor del notable arquitecto del sigo XVIII Francisco Sabatini. En este caso el autor ha representado el torso del personaje que se yergue sobre una gran estructura arquitectónica, a forma de pedestal, que representa el interior del patio de armas del antiguo cuartel de San Carlos, el mismo que conocíamos como el cuartel de Saboya y ahora es la sede principal de la Universidad Carlos III; se trata de la recreación de las grandes arcadas que se desarrollan en las galerías perimetrales al patio central. Además, el autor ha representado al arquitecto e ingeniero siciliano tocado con un amplio bonete, con acusadas hombreras, y barbado, algo inusual entre los ilustrados del siglo XVIII y que bien poco se parece a la imagen más conocida de Sabatini:
Este personaje nació allá por el 1722 en Palermo (Italia) y murió 75 años más tarde en Madrid. Fue uno de los más prestigiosos arquitectos e ingenieros del siglo XVIII de toda Europa y gracias al patronazgo del rey Carlos III, para quien había trabajado cuando fue rey de Nápoles, desarrolló la mayor parte de su trabajo en nuestro país, adonde llegó en 1670. Gracias al favor real, recibió los más importantes encargos y los más significativos honores; así, entre otos reconocimientos, fue Maestro Mayor de las Obras Reales con rango de teniente coronel del Cuerpo de Ingenieros, llegando a ser nombrado gentilhombre de la Cámara del rey.
A pesar de que toda su obra se encuadra dentro del movimiento artístico denominado Neoclásico, a diferencia de la mayoría de creadores de este movimiento no se inspiró directamente en los modelos clásicos de Roma o Grecia sino en el mismísimo renacimiento italiano. Dentro de su amplísimo elenco de obras, citare algunas de especial significación, así: participa en la construcción del Palacio Real; construye la Real Casa de la Aduana, el Convento de San Pascual de Aranjuez, los palacios del Marqués de Grimaldi y de Godoy; proyecta y erige la Puerta de Alcalá y la de San Vicente; elabora la traza de la Puerta Real del Real Jardín Botánico; dirige las obras de la Basílica de San Francisco el Grande; participa en las obras de reconstrucción de la plaza Mayor tras el incendio de 1790, junto a Juan de Villanueva (todas en Madrid); y, por último, destacar la construcción de la Fábrica de Armas de Toledo y un cuartel para la Guarda Valona en Leganés, entre otras muchas más obras. Indicar, como curiosidad, que la obra más conocida que lleva su nombre: “Los jardines de Sabatini”, en el Palacio de Real de Madrid, no fue diseñada por este arquitecto sino que fue proyectada muchos años después de su muerte en el lugar que ocupaban las caballerizas reales, que si habían sido edificadas por él.
Pero el principal interés para los leganenses, y motivo por el cual se encuentra homenajeado en nuestras calles, estriba en que este arquitecto proyectó y diseñó el cuartel de Leganés ya citado y que hoy conocemos por su nombre: el edificio “Sabatini” de la Universidad Carlos III. Sobre esta construcción ya hablaremos en profundidad cuando tratemos la rotonda del cruce de la avenida de la Universidad con la calle Sabatini, pero en estas notas deciros que se trata de una construcción de estilo neoclásico, que se terminó el 23 de abril de 1783, que costó 11.058 reales con 28 maravedíes, y que su destino primigenio era albergar y acuartelar la Guarda Valona de la Monarquía Española. Con el paso del tiempo y después de varias vicisitudes terminó siendo el Cuartel del Regimiento Saboya de Infantería Mecanizada VI, “Marqués de Leganés”. Y después de que culminara su rehabilitación en 1998 es el edifico principal de “campus de Leganés” donde se ubica la dirección de la Escuela Politécnica Superior de la Universidad Carlos III. Destacar que en su interior y jardines alberga una interesante colección de escultura en la que destacan las obras “El Atleta” de José Clará y el “Unicornio de Laciana” de Eduardo Arroyo.
En verdad este italiano nos dejo una magnífica construcción, que si en su origen estuvo diseñado para la guerra, hoy se destina a la paz y al conocimiento. ¡En algo hemos avanzado!
Salud y República
© Pumuki 2008
¡Por la paz y el fin de ETA!
08/03/2008
Todo aquel que luche contra monstruos, ha de procurar de que al hacerlo no se convierta en otro monstruo.
Friedrich Nietzsche.
Isaías Carrasco, compañero: siempre estarás en nuestro recuerdo.
Rotondas de Leganés: "Inés, La Aguadora"
24/02/2008
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Continuamos la miniserie de los “Gigantes” con la otra estatua ubicada en la avenida de Juan Carlos I, en otra rotonda donde confluyen de nuevo las calles de Rioja y de Monegros, en este caso la que se sitúa a una mayor altura de la avenida [vamos, más cerca de la avenida Europa]. Esta estatua está dedicada a un personaje literario y de ficción, en concreto a Inesica la hortelana, que aparece en un romance de Góngora [si bien propiamente dicho se trata de una “ensalada”, al mezclarse a voluntad versos con métrica diferente y de otras poesías conocidas], que fue escrito allá por los 1625, hace casi cuatrocientos años.
Como ya he señalado, el autor, Fernando Bellver, ha dotada a cada personaje de la serie de un elemento característico. En este caso la estatua lleva un cántaro de agua. Desconozco cuál es la razón para que a este personaje gongoriano se le atribuyera el oficio de aguadora, cuando el autor barroco deja claro que era hortelana y moza de carácter, como veremos. Pero lo cierto es que desde tiempo inmemorial siempre se ha hablado de “Inés, la aguadora”, sin duda porque no se debió de prestar la suficiente atención al poema de Góngora. El caso es que Bellver tampoco se percató de este detalle o no quiso cambiar una tradición casi secular en la “culturalidad” de Leganés, y reflejó a este personaje de rostro rechoncho portando una alcarraza o cántaro. Seguramente la confusión vino de que en el romance, la joven va a por agua a la fuente del olmo, donde ya de noche esperaba encontrarse con su amado y se encontró con alguna que otra sorpresa.
Pero vamos a ver el poema completo para no hablar ya de oídas: Góngora presenta en el romance las penas amorosas de una moza de Leganés: “Inesica la hortelana”. “La rosa de Leganés”, que así se refiere a Inés el autor del poema, espera a Miguel, su enamorado, en una noche sin luna, con la excusa de coger agua de la fuente. Pero el caso que éste llega acompañado de Quiteria, mujer casada, y las mujeres se enzarzan en una pelea de lengua y manos, que el mozo contempla "a lo socarrón". Inesica, despechada, se venga dándole una cinta de seda a Bras [enamorando y no correspondido de Inés], quien acechaba, como cada noche, la fuente para ver a Inesica. Esto provoca los celos de Miguel que se marcha apenado y contrariado.
Se trata de un romance burlesco, de inspiración pastoril, en el cual Góngora contempla guasón las actitudes sentimentales de los protagonistas. Aquí el poema; ¡qué os guste!
[Agradecer a Alicia Liddell que me haya facilitado el texto completo del poema]
A la fuente va del olmo
la rosa de Leganés,
Inesica la hortelana,
ya casi al anochecer.
La luna salir quería,
mas los dos soles de Inés
le dijeron a la luna
no tenía para qué.
A los tres caños llegó,
y su mano a todos tres
correr les hizo el cristal,
que ya les hizo correr.
Llenaba su cantarilla,
y vaciábala después,
cantando por no llorar
la tardanza de Miguel:
«Si viniese ahora,
ahora que estoy sola,
ola, que no llega la ola,
ola, que no quiere llegar».
Las olas calmó la niña,
porque en oyendo el rabel
del mancebo que esperaba,
perdió la voz de placer.
Mas, viéndole con Quiteria,
la de Gil, perdió otra vez
la voz, más fue de pesar,
y escucholos sin querer.
«Mala noche me diste, casada;
Dios te la de mala».
Sin permitirle acabar
para Quiteria se fue,
que la recibió con señas,
si llegó mudilla Inés.
De sus cuatro labios, ambas
más se dejaron caer
virtudes, que del romero
califica no sé quién.
Miguel, a lo socarrón,
mientras se abrasan por él,
con aguas turbias apaga
el fuego en que las ve arder.
«Turbias van las aguas, madre,
turbias van;
mas ellas se aclararán».
«Diga, señora la buena,
la que se precia de casta,
¿la propia a Gil no le basta,
que le hace criar la ajena?».
«Amiga sí, y tan sin pena
como tu bendita madre
costas le hizo a tu padre,
siendo tu del sacristán».
«Turbias van las aguas, madre,
turbias van;
mas ellas se aclararán».
Aclaráronse las aguas,
tanto que fue menester
que Miguel se moje entre ellas
cantando como un angél [*]:
«Ya no más, queditico, hermanas,
ya no más».
Llegó en esta sazón Bras,
la mejor que pudo ser,
pues un favor le escuchó
lo que cantaba a un desdén:
«Bien sé que a la muerte vengo
zagala, en venirte a ver,
mas tal cariño te tengo
que no puedo más hacer».
Seis meses de ruiseñor,
de pelicano otros seis,
Bras ha servido a Inesilla,
otros tantos de cruel.
Ha sufrido a la que ahora,
agradecida a su fe,
un listón le dio encarnado,
como Dios hizo un clavel.
Por vengarse del ingrato,
favor le hizo i merced,
del que a Bras será listón
y a Miguelillo cordel.
Él, desmintiendo su rabia,
al plectro hizo morder
las cuerdas de su instrumento,
y cantando esto se fue:
«Vámonos, que nos pican los tábanos;
vámonos donde moriré.
Por Quiteria dormí al hielo,
y por Inés voy corrido;
si de necio me he perdido
ninguno me tenga duelo;
si no me negare el suelo
aun donde ponga el pie.
Vámonos, que nos pican los tábanos;
vámonos donde moriré».
[*] Acentuado así en el original.
Salud y República
© Pumuki 2008
Fotografía propiedad del Ayto de Leganés, tomada de “Leganés. Arte en la Calle”. Madrid, 2001. pág. 61.
Rotondas de Leganés: “Los Hermanos Rejón”
09/02/2008
Primero felicitarnos a todos por el fallo de la justicia en el pretendido caso [que nunca hubo de haber] del Hospital Severo Ochoa.
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Comenzamos la miniserie de los gigantes con las estatuas situadas en la avenida de Juan Carlos I. En las rotondas donde confluyen las calles del “anillo” Rioja-Monegros con esta gran avenida dedicada al rey Juan Carlos, hay dos estatuas de la serie “Los gigantes de Bellver”; pues bien en la que está a menor altura de la avenida, la más cercana al teatro Egáleo, está la dedicada a los hermanos Rejón.
Se trata nada más y nada menos que nuestros héroes en la Guerra de la Independencia: los hermanos Leandro y Julián Rejón, quienes fueron ejecutados por las invasoras tropas francesas hace justo 200 años por su participación en el levantamiento popular en el Madrid del 2 de mayo. El autor ha querido representar a los dos hermanos en una misma estatua, así las dos figuras fraternas se representan por dos cabezas esbozadas por las acusadas las formas geométricas que caracterizan a toda la serie, que se dan la espalda entre sí, evidentemente se trata de una ingeniosa solución del artista para que ninguno de los hermanos se quede fuera del conjunto escultórico y a la vez lo hace sin romper el diseño genérico de la serie de ocho estatuas. Como veremos, el autor en toda la serie acompaña a las estatuas con algún elemento que identifica al personaje, en este caso los hermanos Rejón portan lo que parecen unos aperos de labranza.
Bueno, pero vamos a conocer qué hicieron estos desafortunados leganenses para que pasaran a la historia local por unos sucesos tan luctuosos. Al parecen se trataba de dos jóvenes labradores de la localidad que se ganaban el pan vendiendo hortalizas en el mercado de la Cebada de Madrid, como casi todos sus paisanos. El caso es que estos dos hermanos se hicieron eco del llamamiento patriótico que efectuaron los alcaldes del vecino pueblo de Móstoles para acudir en socorro de Madrid y demás pueblos y morir, si fuera necesario, por el rey y por la patria, y, como muchos madrileños más, se echaron a la calle para luchar contra las tropas francesas. De estos sucesos nos queda el magnífico cuadro de Goya, “La lucha de los mamelucos”, pero fueron muchas las escaramuzas, los ataques y los asaltos que se produjeron; y parece que estos dos hermanos destacaron por su ímpetu y coraje en varias correrías que se produjeron en el entonces vecino pueblo de Carabanchel.
Al día siguiente, cuando el ejército francés controló las revueltas y se hizo de nuevo con todos los centros neurálgicos de poder, llegó la represión, que fue brutal y trágica; igualmente Goya nos ha dejado el espeluznante cuadro “Los fusilamientos del 3 de mayo” como testigo intemporal de la misma. Los hermanos Rejón decidieron esconderse y no regresar a sus casas para evitar el castigo que los franceses habían reservado a los que participaron en la revuelta. Leganés tenía entonces acuartelado todo un regimiento de húsares franceses en el cuartel de la localidad (que entonces era el “de San Carlos”), el comandante del puesto, el general Enric Darcourt, publicó un bando en el que prometía el perdón a todos aquellos que voluntariamente reconocieran la participación en los hechos del día anterior. Las esposas y madre de Leandro y Julián creyeron estas falsas promesas y los convencieron para que se presentaran en el cuartel a solicitar el perdón y poder así retirar el salvoconducto que les permitiría seguir vendiendo verduras en los mercados madrileños.
No sabemos si fue porque algún oficial galo les reconociera o porque algún delator hispano les denunciara, el caso es que el día cinco de mayo de 1808 entraron vivos en el cuartel y salieron muertos, fusilados sumariamente sin posibilidad de defensa. Dejaron su sangre en el patio del cuartel por defender lo que a sus ojos considerarían justo; y, además [¡ominoso final!], para servir de escarmiento y advertencia para sus paisanos. Muchas horas quedaron sus cuerpos inertes tendidos en patio de armas, su madre y sus viudas llorando desconsoladamente y sus vecinos apenados y amedrentados. Y para mayor escarnio se les privó de cristiana sepultura al objeto de que nadie pudiera rendirlos homenaje y recuerdo; lo que, por otra parte, no consiguieron.
Leandro, el mayor, tenía 33 años, y su hermano Julián 24, hoy sus restos están en la Iglesia de San Nicasio de la localidad.
Salud y República
© Pumuki 2008
Fotografía propiedad del Ayto de Leganés, tomada de “Leganés. Arte en la Calle”. Madrid, 2001. pág. 59.
Rotondas de Leganés: “Los Monstruos de Bellver”
03/01/2008
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Ni uno ni dos ni tres... ¡Ocho!
Ocho, son “Los Gigantes de Bellver” que podemos encontrar diseminados por varias rotondas de nuestra ciudad. Se tratan todas de grandes estatuas de acero cortén que representan a varios personajes que tuvieron algún tipo de relación con Leganés. En la serie se entremezclan artistas y personajes históricos reales con otros ficticios y literarios.
El que se les conozca como los "monstruos", así... en global, se debe a que cuando llegaron a nuestra ciudad, allá por 1998, se plantaron [literalmente] en la plaza de España; y allí estuvieron durante varias semanas. Entiendo que la intención no era otra que los leganenses conociéramos y admiráramos con detalle las inmensas esculturas que iban a adornar las entonces nacientes rotondas. Pero lo cierto era que acojonaban y amedrentaban a todo aquel que pasaba por la plaza, que como siempre eran muchos. Se dice que las madres entonces no amenazaban a los tiernos infantes con el lobo o el hombre del saco, les decían que les dejarían solos en la plaza; en apenas segundos el niño cesaba sus llantos, la papilla desaparecía del plato y la niña se quedaba hierática como un don Tancredo chiquitito.
Para aquellos que no lo vieron, tan solo deciros que os imaginéis pasear debajo de una estatua de gruesas chapas de acero con el color del oxido y de ¡seis metros de altura!, que parece observarte desde arriba con férrea mirada y con un gélido desprecio; pues eso, multiplicarlo por ocho. Su recuerdo tan solo me eriza el vello. Seguro que habrá sicólogos que encuentren explicaciones al comportamiento actual de nuestros adolescentes en esos días de antaño.
Los personajes representados son: Juan de Austria, Francesco Sabatini, Juan de Leganés, Inés “La aguadora”, José Benito de Churriguera, Los hermanos Rejón, El marqués de Leganés y Ventura Rodríguez. De cada uno de ellos veremos una breve nota biográfica para conocer el mérito que adquirieron para formar parte de este grupo de notables personajes de Leganés.
Pero antes de ver cada una de ellas por separado, veamos que dicen los que saben de estas estatuas. En primer lugar señalar que el autor es el grabador y escultor madrileño Fernando Bellver, nieto de Ricardo Bellver que, entre otras obras, es autor del singular "ángel caído" del parque del Retiro de Madrid [único monumento público dedicado al diablo que al menos yo conozca]. La particular visión del autor de tan variados personajes, los presenta bajo una acusada sintetización de las formas. La estructura formal de las estatuas es figurativa, pero la construcción se basa en composiciones geométricas compuestas por grandes chapas recortadas en regulares y marcadas formas, lo que otorgan a las obras de arte de un aire de autómatas que las distancian aún más del observador, agrandando, así, su monumentalidad. Cada una de las figuras se acompaña de algún emblema identificativo del personaje que representa para significar la característica fundamental que le ha permitido ser miembro del particular club de la Fama de Leganés.
La actual ubicación de las estatuas en espacios más amplios y abiertos les ha otorgado unas dimensiones más humanas; lo que ha favorecido que entre los leganenses haya crecido su aprecio y merecida estima. Ahora sirven de clara referencia en la ciudad; quizás el único problema es su difícil identificación dado el gran parecido formal entre una y otra. Por esta razón detallaremos su ubicación en cada uno de los comentarios de los personajes retratados. Lo que iremos viendo en las próximas entregas.
Salud y República
© Pumuki 2008
Imágenes tomadas del Google Earth.
Rotondas de Leganés: "La Raspa"
06/12/2007
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Rotonda "El Dragón alado" versus "La Raspa"
Está ubicada esta escultura, llamada “El Dragón alado”, en un lugar privilegiado de Leganés, en un extremo de la antigua carretera de La Fortuna que ahora es la avenida de América Latina, entre los nuevos barrios del V Centenario y del Campo de Tiro, ambos del distrito de San Nicasio; aledaña al parque dedicado a la II República Española; y muy cercana del Centro Cívico José Saramago y de los magníficos parques de Valdegrullas y de La Hispanidad. Pues ahí está, sujeta por unos cables, la radiografía de un dragón.
Dice la tradición que los dragones son seres mitológicos a los que parece que siempre se les encarga la defensa de fortalezas y doncellas; aquí, como hay pocas torres y menos doncellas que salvaguardar, no hizo falta dotarle de mucha chicha para acometer con garantías la labor de defendernos de ardorosos caballeros cruzados ¡Menos mal que no tenemos por aquí ningún San Jorge que luche contra él! De haberlo, difícilmente pudiera resistir nuestro anoréxico dragón ni tan siquiera el primer envite.
Su nombre popular, “La Raspa”, es tan evidente que casi es absurda la glosa, más que un vigoroso y portentoso ser mitológico, hallamos la raspa, la radiografía, de un lagarto gordo.
No podemos decir que se trate de una de las mejores esculturas de Leganés, a pesar del privilegiado lugar que ocupa; más bien al contrario, creo que es más pretenciosa que acertada y que se queda en lo que es: en un esbozo de una obra de arte. Se queda en un importante esfuerzo, meritorio sin duda, de su autor, pero que no termina de cuajar, de transmitir sensaciones.
Es obra esta escultura de Miguel Piñar, joven y prometedor creador, de cuyo ingenio y dotes veremos alguna obra más en nuestro periplo. Fue realizada en 2002 y está construida en acero inoxidable. Presenta en su concepción un ingenioso sistema de cables y contrapesos que permiten sustentar la escultura en el aire y dotarla de una sensación de ingravidez, que es el único elemento que aporta perturbación al observador. Al estar situada en una cierta preeminencia, os aconsejo observarla mirando al oeste en los atardeceres del verano; la silueta de la raspa gana en espectacularidad con el efecto de la contraluz rojiza del ocaso.
Existen muchos dragones en las distintas culturas, desde los "Serafines" bíblicos, hasta el que mató Hércules que vigilaba las Hespérides y tenía cien cabezas, pasando por "Lindwurm" que vigilaba el Rin o la infinidad de dragones asiáticos; casi todos con la misión de vigilar y preservar lugares, tesoros o gentes, muchas veces a cambio de hermosos efebos o bellas doncellas. Como está claro que nuestro dragón se pasó con la dieta, no se sí podrá guardarnos de todos los peligros que nos acechan, pero al menos pide poco tributo.
¡Ni la de la alcachofa ni la de "Kellogg’s", queremos la dieta del dragón!
Salud y República
© Pumuki 2007
Fotografía de José Luis Sampedro.
Rotondas de Leganés: “Puerta del Aire”
24/11/2007
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Rotonda "Puerta del Aire"
Se trata de una de las primeras obras de arte que fueron surgiendo por nuestras calles y una de las que tiene un mayor consenso en cuanto a su valoración y aprecio. En este caso coincide el gusto popular con el de los críticos y entendidos, y en general la opinión más común es de agrado y aprecio.
En esta rotonda confluyen la calle de Getafe con las avenidas de Gibraltar, doctor Fleming y del Museo y en sus alrededores hallamos los centros neurálgicos de la ciudad: la Casa del Reloj, el Museo de Esculturas y su parque, las Dehesillas, el Recinto Ferial, la Cubierta, instalaciones deportivas, el ambulatorio, el Palacio de Justicia, y... ¡horror!, la Delegación de Hacienda.
La escultura es del tangerino José Hernández, polifacético artista que entre otros méritos es premio Nacional de Bellas Artes y miembro de la muy ilustre e insigne Academia de Bellas Artes de San Fernando. Se trata de una obra que lleva ya doce años con nosotros y está realizada en acero corten [algún día contaremos porque este material es tan profusamente utilizado en la escultura civil]; y en una primera mirada, destaca su concepción racionalista marcada, además, por un acusado clasicismo que le otorga su esbelta estructura dintelada. Pero inmediatamente surge ante nuestros ojos la misteriosa esfera que de forma asimétrica y atrevida rompe con la estructura formal del dintel, y en un inestable equilibrio dota a la escultura de sensaciones propias que permiten volar la imaginación del que la mira. Está la escultura en una rotonda con pradera de césped adornada con cuatro macetos de flores frente a las medianas de laureles y cipreses de las avenidas adyacentes.
En prurito, debería llamarse la Puerta de Getafe, pero como aquí nunca hubo muralla que horadar con puertas, parece acertado su nombre, ya que se trata de una puerta de donde nunca hubo un muro o tapia que cruzar. “Puerta del Aire”,...en verdad que su nombre es de lo más ajustado, ya que por su ubicación es la puerta por la que pasamos todos para casi todo: para arreglar papeles: municipales, hacendísticos y justicieros [Dios nos libre de ellos todo lo que pueda]; pero también para divertirnos en los numerosos locales de copas de «la Cubierta», en sus conciertos, en comer en algún buen restaurante, etc.; para montar en lo cachivaches feriales y destrozarnos el estómago con sus infernales chorizos agosteños; también, podemos solazarnos y culturizarnos en el Parque del Museo de Esculturas al Aire Libre [además ahora con visita guiada y todo, según he leído];... en definitiva es el «pasemisí, pasemisá» de toda la ciudad.
Se trata esta escultura de lo más parecido a un Arco Triunfal que tenemos en Leganés, y es curioso que esté en la calle de Getafe: ¿no os parece que revela lo más profundo del ser leganense?
¡Qué envidia nos da el «Geta» en primera!
Salud y República
© Pumuki 2007
Fotografía de José Luis Sampedro.
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